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Siempre vi en San Juan Pablo II a un gigante. Le invadían un aura de especial magnetismo y el carisma de la santidad más fuerte y entregada. Él no se bajó de su cruz, ni en los momentos más difíciles y dolorosos, porque, según sus propias palabras, «Es el sufrimiento, más que cualquier otra cosa, lo que allana el camino a la gracia, que transforma las almas humanas». Cuando se comunicó su muerte, un grito al unísono restalló en todo el mundo: ¡Santo subito! Lloramos, entonces, y podemos llorar, con el dolor, ahora; pero, siguiendo su consejo, no tengamos, nunca, miedo. Obra inspirada en fotografía original de la que desconozco el autor
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