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En el ciclo oscuro donde la respiración líquida del planeta se agita, oleadas colosales de espuma primigenia laceran la orilla pétrea, vestida de un verdor esmeralda corroído por eones. De la fisura emerge una eclosión cromática incomprensible: azaleas fucsias que palpitan, radios solares de crisantemos, y amapolas rojas como la sangre de un astro extinto. Columnas de agua salada, lenguas furiosas del abismo, se alzan hacia las nubes de obsidiana, sus formas yunque preñadas de contrastes lacerantes entre el blanco incandescente y el azul profundo del vacío interestelar.
En el primer plano, una singularidad floral persiste. Sus pétalos de seda, una fusión imposible de albas purpúreas, cian vibrante y naranjas que irradian luz propia, se despliegan con una geometría intrincada, custodiando un núcleo áureo que emana una suave resonancia lumínica sobre el sustrato rocoso. Olvidos celestes y filamentos marinos, un tapiz de vida incomprensible, se aferran a la piedra.
El fondo, un océano de azur profundo surcado por estelas blancas y luminosas, es bañado por una luz severa que exalta las crestas, las estrías y los microdetalles de la materia. La superficie líquida, fragmentada y convulsa, refleja la danza cósmica de la tormenta. Todo vibra con una energía primigenia, una emoción tectónica y un atisbo de esperanza incrustado en la fragilidad de un pétalo solitario. Un instante capturado en la matriz tridimensional de motores oníricos, una visión hiperreal de un planeta lejano en su noche más turbulenta.
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